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GIBRALFARO, relato de Manuel Franquelo Vega

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Málaga

Manolo Franquelo es un amigo recuperado. Quiero decir que es de esas personas que ,sin saber muy bien por qué razón, uno deja de tratar y trascurren los años, y cuando te vuelves a ver es como si el tiempo no hubiera pasado, notas que es el mismo amigo de entonces y que puedes seguir confiando en él ciegamente. Manolo Franquelo fue mi primer amigo cuando llegué a Málaga desde Larache. Dejé los Maristas de Larache y entré a mitad de curso en los Maristas de Málaga. Me sentaron en un pupitre que había quedado vacante porque el niño que lo ocupaba había fallecido pocos días antes. Desde el primer momento, Manolo Franquelo y yo congeniamos, y creo, por lo que ahora me cuenta, que yo era la novedad que estaban esperando: venía del extranjero, hablaba con un acento extraño, y les narraba historias de Marruecos. También les contaba que había visto mujeres desnudas en las peliculas francesas que se proyectaban en los cines de Larache, algo que, en 1973, era impensable en España, y eso me convirtió en una sorprendente fuente de información sobre algo tabú y prohibido para unos chavales entre los doce y trece años… las mujeres adultas. Cómo me gustaría poder escuchar lo que debí de contarles, y me pregunto cuánto de aquéllo sería sólo fruto de mi imaginación…

Ahora Manolo Franquelo es médico, especialista en geriatría en el Hospital Civil de Málaga, en concreto en la Unidad de Cuidados Paliativos. Ama su trabajo, desde siempre le atrajo la medicina y cumplió ese sueño. Pero también es un apasionado de la música -lo recuerdo con su armónica, que llevaba siempre en el bolsillo del pantalón-, del cine, del teatro y de  la pintura (creo que es el orden correcto). Y es un año más joven que yo, pero este dato es improcedente.

Lo que no sabía es que también es un buen narrador. Tiene escritos varios relatos, y le he pedido que me deje colgar uno de ellos. Por supuesto, ha aceptado tras una oferta que no podía rechazar. Además, está recién casado y eso debilita cualquier oposición, así que, aprovechándome de tal circunstancia, voy a compartir con vosotros el placer de leer su relato GIBRALFARO.

Sergio Barce, julio 2011

    Gibralfaro está en lo alto. Un muro lo custodia del acoso de la ciudad, del ritmo infernal de la urbe que lo cerca. La ciudad trepa sigilosa hacia el castillo, ya tiene rodeada a la Alcazaba, integrada en Puerta Oscura, enlazada por las calles…  atestadas de circulación. Gibralfaro se mantiene arriba, mirándolo todo con serenidad fingida. En realidad está aterrorizado viendo a orientales de ojos rasgados avistarlo desde la piscina de la azotea del Parador, observando a rubios bárbaros que se tuestan en la playa, mientras simulan que no lo ven, espiando a los propios malagueños que pasean sus conquistas forasteras por el mirador de sus murallas. Recuerda con nostalgia los tiempos en que, a sus espaldas los montes, a sus pies el mar, nada lo importunaba. Cada amanecer devora el nacimiento del sol, esperando que el día sea claro para poder intuir allá a lo lejos los montes del Atlas.

Castllo de Gibralfaro en Málaga

Cuando no hay nubes, cuando el mar se ha comido la bruma, el viento que viene de allí le trae fragancias que permanecen, desde antiguo, en su memoria: especias de lejanas tierras, efluvios del pelo de animales que Al Ándalus no conoce, olor a leche cuajada, fragancia de las hierbas con que adornan su piel las mujeres. Se acuna entonces, con los ojos entornados, en los recuerdos de su pasado glorioso y se olvida de los sitiadores. Oye con nitidez, cada amanecer, el canto melodioso y sagrado del almuédano llamando a los fieles a mirar a La Meca, mucho antes de que los infieles se lancen rugiendo por el espacio que le van robando al mar allá abajo, a sus pies y detrás y delante de su pobre hermana La alcazaba que intenta recuperar el olvido que le ha manchado sus paredes en los últimos cinco siglos.  Si la luz del día no le trae sus visiones anheladas, se yergue orgulloso tocando las nubes que encapotan la ciudad traidora, vendida al bárbaro, y odia las torres de la Catedral, erigida sobre el sagrado y escogido reposo de la mezquita, y se alegra porque nunca se acabó, y recuerda la maldición con la que él mismo, con la ayuda de Alá, confundió las mentes de los cristianos, ufanos de su colosal construcción. El terral, en invierno y en verano, lo sofoca, pero al menos le apacigua su odio y entonces le gusta buscar la sombra de las calles del centro que no han perdido su sabor a zoco, donde hormiguean los traidores, vendidos a la falsa religión, pero que no han olvidado su carácter exterior, de vida en la calle, de gusto por los jardines, los naranjos, los arrayanes. Por las noches, la luna le cuelga una sonrisa. Se mira en ella como en un espejo y recuerda el brillo de los ojos de las mujeres que pasearon entre sus muros. La colección de estrellas que pespuntea el cielo, negro como los cabellos de las huríes del paraíso, le cuenta historias del otro lado del mar, ellas que lo ven todo a él que lo anhela todo, abandonado a su suerte en esta tierra perdida. Escucha los sonidos del agua de las fuentes que ya no cantan en los patios de La Alcazaba, y se adormece dulcemente oyendo el entrechocar de las cimitarras en los juegos de guerra de su patio de armas. Y así, cada día, vigila, con temor mal reprimido, a la ciudad infiel para que no le trepe a lo alto a robarle su alma moruna, resguardada del paso de los siglos en cada una de las grietas de sus muros.

Esta mañana, el terral ha traído una cúpula pintada de nubes azules y grises y la ha colgado encima de la ciudad. No se puede ver África, ¿para qué despertar esta mañana? Por encima de los tubos de escape de esos caballos modernos que perforan las calles de la medina, descollando sobre las sirenas de las ambulancias que trasladan la muerte de este a oeste, escucha un llanto, ese murmullo se para algunos instantes, en seco, luego renace, poco a poco, ganando en intensidad, para detenerse de nuevo. Gibralfaro está inquieto, el rumor le acaricia los sentidos, le renueva su resentida alma negra como la piedra sagrada de la Kashba. Aquel sonido le llena de una melancolía dulce, de un dolor q e gusta, que acomoda los sentimientos en su interior. Ahora lo percibe con más claridad, lo busca, y lo encuentra al fin, caminando despacio con desesperanza. El infiel tiene el cabello corto, aún húmedo, como recién salido del agua. Sus pasos van hacia el este, y tiene una sensualidad extraña para ser un hombre. Momentáneamente, entre las hojas de los castaños de indias bajo los que anda, puede ver que alza el rostro, y oh, el señor es misericordioso, es una mujer. Ella deambula sin rumbo, añorando algo que deja atrás y Gibralfaro ve que sus labios prometen, a pesar de que se contraen en una mueca dolorosa, besos cálidos y húmedos, besos largos, profundos, llenos de frescor como el agua de un aljibe. La mujer se dirige hacia él sin duda, ahora ha encontrado su rumbo, al verle, espiando la ciudad desde las alturas. Tarda en alcanzar sus murallas, y cuando accede al interior de sus muros, acaricia con la mano las piedras en su recorrido. El castillo se estremece cada vez que uno de sus dedos finos y morenos roza con las yemas sus contornos. La hermosa se sienta en uno de los muretes, y, escondiendo el rostro entre las manos, llora. Llora silenciosamente. Levanta la vista y mira el mar. Mira a los lejos y él se sorprende pensando si ella estará buscando en el horizonte lo mismo que busca él. Sus ojos, desde luego, están llenos de recuerdos moriscos, tiene esa misma mirada quinientos años después. Ella ha comenzado a hablar, eleva al cielo su plegaria, ruega a su dios que le arranque del corazón lo que siente. Reza para que el que la ha llenado de dicha para luego arrebatársela sea feliz, para que él recupere su vida, ya que no quiere vivir con ella la pasión que a ambos se les ha alojado en el alma. Gibralfaro no puede creer lo que escucha y sufre con cada una de las palabras que surgen del interior de su recuperada hurí. Porque, sin duda, el Señor le ha mandado a aquella mujer como premio por su celo en la custodia del territorio sagrado que se le encomendó. El De Los Mil Nombres ha reconocido que él ha sido un buen soldado. El Señor ha recompensado su constancia en la Guerra Santa, eterna, contra el infiel, y le envía una de las vírgenes de su paraíso, consciente de que él, el mejor de sus guerreros, nunca va a morir en combate, nunca va a poder abandonar su cárcel de piedra. Y ella ha llegado allí de lejos. No habla como los infieles que le circundan los muros, ella ha llegado allí, como el viento cálido, de tierra adentro, buscando el mar, para apaciguar su odio, para calmar sus ansias. Ella no lo sabe, pero es su victoria. Se levanta de la piedra en la que estaba sentada y sigue susurrando su oración sin fin, ayúdale a ser feliz, ayúdale a olvidarme, ayúdale, señor, y arráncame esta pasión. Ella no sabe que se equivoca de dios, que habla con un ser que no existe, Gibralfaro empieza a soñar su cintura morena y a desear sus muslos oscuros y acaricia con su mente caliza cada uno de sus cortos cabellos. Ella, mientras grita ya su súplica, se acerca cada vez más a la vista magnífica. Él, cada vez más sonriente, la quiere abrazar cuanto antes. Ella se seca las lágrimas y adopta una expresión de serenidad aparente que esconde a una niña temerosa, nunca el viento y la mar oirán más sus quejas. Sus pies se acercan, paso a paso, al límite entre el cielo y el suelo. Él ya la sabe suya, sabe que la poseerá, que cobrará al fin lo que ha deseado durante siglos. Uno de sus pies no toca el suelo, la muralla desaparece bajo el otro. Gibralfaro extiende los brazos y la recoge. Recoge su luz que centellea, recoge su cuerpo acabado y sabe, en ese momento, que por fin el Señor ha dado fin a su condena. La ciudad puede perderse. Gibralfaro ha llegado al paraíso.

Manuel Franquelo Vega

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Un comentario

  1. Cuánta sensibilidad, maravilloso este relato del Castillo de Gibralfaro de este amigo recuperado… Felicidades Doctor Franquelo, sus líneas dicen mucho de usted!! y a tí, Sergio, gracias por hacernos disfrutar trayéndonos lecturas tan llenas de belleza.

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