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LARACHE vista por… LORENZO SILVA

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Mohamed Akalay, Sergio Barce y Lorenzo Silva

Lorenzo Silva publicó en el año 2001 un libro de viajes llamado “Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y a la pesadilla de Marruecos”. Se trata de un viaje que efectuó en 1997 en compañía de su hermano y de un amigo, recorriendo la geografía marroquí durante ocho días, por la zona del Rif y de Yebala. El periplo, le sirve para describirnos las ciudades y pueblos por los que pasan, pero me dio la impresión al leerlo de que eso sólo era una excusa para reencontrarse y narrar las vivencias de su abuelo cuando fue soldado en la llamada “guerra de África”. Silva nos cuenta que, curiosamente, Larache fue la primera ciudad marroquí a la que llegó su abuelo. Su descripción es breve, de simple observador, pero es interesante descubrir las sensaciones que despierta Larache en alguien que llega por vez primera a ella (en este caso, en 1997).                                       Sergio Barce, enero de 2011

Y Lorenzo Silva lo describe así:

“Fue aquí, en Larache, donde mi abuelo paterno puso por primera vez pie en África. Era el 6 de marzo de 1920. Al día siguiente le tallaron, resultando útil para el servicio con estatura de 1,605 metros, peso de 59 kilos y 86 centímetros de perímetro. En África no era mala cosa ser un poco bajo; a los altos les daban más fácilmente. En Larache cumplió mi abuelo su instrucción militar y juró bandera, el 25 de mayo del mismo año 1920. Gran parte del tiempo que restaba hasta diciembre le tuvieron guerreando contra el Raisuni más allá de Alcazarquivir, pero los años veintiuno y veintidós los pasó enteros en la ciudad y en buenos destinos; primero como cabo cartero y luego en la sección ciclista de la Comandancia General, donde ascendió a sargento. Fue por tanto Larache, el lugar donde más tiempo estuvo, y el único donde pudo disfrutar de la rutina de guarnición. Eso, entre otras cosas, lo convertía en una etapa insoslayable de nuestro itinerario.

Larache, fundada en el siglo VII por una tribu venida de Arabia en busca de Lixus, la ciudad romana cuyas ruinas se encuentran a unos pocos kilómetros, tiene una larga historia de vinculación con España, y no siempre para su bien. Ya en 1471 fue saqueada por los castellanos, aunque quienes la harían suya pocos años después serían los portugueses, que no la ocuparon durante mucho tiempo. A principios del siglo XVII volvió a ser española, en pago por el sultán a Felipe III de ciertos favores, pero antes de que empezara el siglo siguiente Mulay Ismail ya había echado a patadas a los extranjeros. Durante la estrambótica aventura africana de 1860, que valió (aparte de para restaurar la popularidad de O´Donnell) para conquistar Tetuán y abandonarla poco después, Larache, por su situación costera, fue elegida para el infausto menester de sufrir unos cuantos bombardeos de represalia. Al fin, en 1911, los españoles, al mando de un impetuoso teniente coronel llamado Manuel Fernández Silvestre y en combinación con el Raisuni, tomaron la ciudad que ya no abandonarían hasta 1956. La maniobra invasora no encontró gran oposición…

… Hoy Larache es una de las ciudades marroquíes en las que más intensamente perdura la huella de la presencia española. El entramado de sus calles, el aire de sus edificios, y sobre todo, la traza singular de la antigua plaza de España (hoy de la Libération), recuerdan en todo momento a una pequeña ciudad andaluza. Sobre las fachadas blancas abundan las persianas y los postigos celestes, en una combinación similar a la de Xauen (otra ciudad andaluza, aunque más antigua). Su avenida principal, la de Mohammed V, llena de jardines y de árboles, evoca también paseos ajardinados de las ciudades del sur español. Subimos hacia la plaza precisamente por esta avenida, desde la que se ve lo que queda del Castillo de la Cigüeña. En ese castillo encerraron a los prisioneros portugueses capturados en la batalla de Alcazarquivir. Una vez en la plaza, aparcamos el coche, momento en el que se nos acerca el previsible guardacoches. Es un hombre muy mayor y muy delgado, que saluda con una sonrisa oficial. En el pecho lleva prendida una chapa en la que alguien ha escrito con un pulso tembloroso y un pincel las palabras <garde de estasionamiento>. Larache, siempre a las puertas del Marruecos francés, no ha perdido del todo el castellano, que conmueve ver conservado por el mero apego de la gente en esa forma mestiza y seseante.

En la plaza de Larache, amplia y circular, nos sentamos a beber unas cervezas. Con el sabor de la contundente Flag en la boca, miro a mi alrededor y sospecho que a esa misma plaza debió de venir cien veces mi abuelo a pasear y quizá también a tomarse una cerveza. Como nosotros ahora. Al principio era un recluta recién llegado y perdido. Dos años después ya era veterano y sargento y podía elegir buenas mesas en las terrazas. El cielo sobre Larache no está nublado, como lo estaba en Rabat. Es de un azul tan vivo como las persianas de las casas. Las que forman el círculo de la plaza de Larache no tienen tejado, sino azoteas, como es usual en Marruecos (con la excepción de Xauen). Las fachadas están rematadas por almenas morunas, que sugieren una especie de triángulo mediante la superposición de rectángulos cada vez más pequeños. Todo el perímetro de la plaza tiene umbríos soportales (en uno de ellos estamos ahora) y las columnas que los aguantan están unidas por sencillos arcos de medio punto. Todo está exquisitamente encalado, salvo algún arco monumental en piedra ocre. En el centro hay un parque con palmeras. No es un mal sitio para estar, y debía de serlo aún menos cuando Lucus arriba había todos los días rifa de tiros. Mi abuelo se acordaría aquí de su pueblo blanco en las montañas de Málaga, y también de los fregados vividos en Muires y alrededores, con los cazadores de Las Navas. África le guardaba peores momentos que aquéllos, pero durante sus años de guarnición en Larache no debió quejarse de su suerte. A fin de cuentas, en la cercana Lixus, fundada por los fenicios hace tres mil años, situaban los griegos el mítico Jardín de las Hespérides. Era un refugio envidiable, y sin embargo se da la paradoja de que mi abuelo abandonó Larache voluntariamente…»

Lorenzo Silva (Madrid, 1966) obtuvo el Premio Nadal en el año 2000 por “El alquimista impaciente”. Otras novelas suyas son “La flaqueza del bolchevique” (1997), “El lejano país de los estanques” (1998), “El ángel oculto” (1999), “El nombre de los nuestros” (2001) o “Carta blanca”(2004).

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2 comentarios

  1. Mis abuelos y mi madre llegaron a Larache en 1.914, cuando era una ciudad amurallada que cerraba sus puertas a las siete de la tarde. Mi abuelo llegó como maquinista de la draga, el barco que ha limpiado durante largos años el rio Lukus del barro de las riadas, para que sea navegable.
    Mi madre, Conchita, tenía 7 años, y fue amiga de jóvenes judías y musulmanas. Por ello, aprendió a hablar el árabe perfectamente, y hablaba en «jaquetía» como cualquier hebrea.
    Un saludo de un viejo larachense,

    Carlitos Galea

  2. Un relato biográfico del escritor que merece ser leído más de una vez, para poder estar en su adentro donde sentirás a un Larache que el viento del tiempo llevo con él más de un maravilla que contenía mi lindo Larache y que hoy solo son recuerdos cumulado en las memorias de los natales larachenses, pues miles de gracias don Lorenzo Silva por este reportaje literario sobre mi querido Larache.

    MUSTAFA BOUHSINA

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