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Otros libros, otros autores: A MERCED DE LA TEMPESTAD (Tempest-Tost, 1951) de ROBERTSON DAVIES

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Primer volumen de la llamada “trilogía de Salterton”, “A merced de la tempestad” (Tempest-Tost, 1951) es una magnífica obra literaria. Sutil, elegante, sin descuidar un cierto tono cínico y crítico, Robertson Davies construye una historia en la que se cruzan varios personajes con la excusa del montaje de una representación teatral. Con tal premisa, sus personajes, vivos, reconocibles, perfectamente dibujados y desarrollados, van desvelando desde su lado más tierno hasta el más ridículo, sus pequeñas miserias y sus sueños inalcanzables, pero siempre tutelados por el autor, que no los deja caer en ningún momento protegiéndolos de alguna forma (aunque a alguno de ellos, usando su afilado y elegante humor, les asesta alguna leve estocada).

“-¿Qué mosca te ha picado, Griselda? –dijo Solly-. ¿Por qué te pones tan hipócrita y evasiva?

-Me estoy haciendo mujer –respondió ella- y debo tener mucho cuidado con lo que digo. Precisamente no hace ni dos días que me lo recordó mi padre. Me explicó que si decía lo que pensaba en realidad, la gente se ofendería, y que la mujer no puede arriesgarse a dar una opinión sincera por lo menos hasta los cuarenta y cinco años.”

Ambientado en la ficticia ciudad de Salterton, Davies fotografía la sociedad canadiense de la época (principios de los años cincuenta), con la misma fineza y elegancia que hiciera Edith Wharton con su mundo neoyorkino.

Robertson Davies

Probablemente sea el personaje de Hector Mackilwraith el que más afecto ha despertado en mí, quizá por su profunda ingenuidad, por la pureza del amor que siente hacia la inalcanzable Griselda, o simplemente porque también es el personaje favorito de Robertson Davies (así me lo parece al menos). Su desdicha, su mal de amores, es tan imposible como desesperada, y sus esfuerzos por cambiar la aburrida rutina de su vida se antojan como un último intento por convertir su existencia en algo decente. Y eso sólo puede despertar nuestra conmiseración.

Amaba a Griselda y creía que en ese amor no había sitio para pensar en sí mismo. Lo único que anhelaba su cuerpo era a ella…

(…) Es curioso que, durante esa horrible semana, cuando tan verdadero y profundo era su sufrimiento, hallara tiempo para lamentarse de no haber recibido una educación más literaria. Las pasiones que lo vapuleaban eran demasiado grandes para su vocabulario y no podía expresarlas con palabras, ni siquiera para sí mismo…

(…) La pena lo embotaba y lo único que podía hacer era procurar que se le viera lo menos posible… y mirar a Griselda. Verla lo aliviaba un poco, pero, cuando se fue a la parcela de abajo con Roger, él volvió a los arbustos como un animal herido, para estar solo. Fue amargo ver a Solly y a Valentine, pero sólo como puede doler un golpe en la espalda cuando se tiene un puñal clavado en el corazón.”

Me gusta cómo Davies construye la trama, simple, sin altibajos, y cómo va relacionando a los personajes que pueblan su novela, su ciudad imaginaria de Salterton. Es tan hábil que es fácil ponerles rostro a cada uno de ellos: desde Hector hasta Griselda Webster, pasando por la exasperante Nellie Forrester o el arrivista Roger Tasset, la resolutiva y moderna Valentine Rich o la madre manipuladora, hasta la asfixia, que es la señora Bridgetower. Y también El Torso, y Solly, y Cobbler, y por supuesto el señor Webster, un tipo al que uno desearía conocer por el puro placer de pasar un rato charlando con él, y la rebelde Freddy, y los Vambrance…

“-Me gusta la música que ha elegido para la obra –dijo Hector-; lo que hemos oído esta tarde era muy bonito.

-Gracias –dijo Cobbler-, aunque <bonito> no es lo que diría yo de las elegantes notas de Purcell, pero entiendo que le ha llegado al corazón.

-A pretty girl is like a melody –canturreó Roger.

-Con permiso –dijo Cobbler-. Siento contradecirlo, pero de eso nada. Una melodía, por poco buena que sea, tiene una lógica palpable, en cambio existen chicas bonitas que no tiene ni el más remoto vestigio de sentido común. ¿Sabían que el otro día vino a verme esa magnífica novilla a la que llaman El Torso (bonita donde las haya) y me dijo que tenía dotes musicales, e incluso excepcionales, porque a menudo oía melodías en la cabeza? Me propuso que la escuchara y escribiera lo que cantaba. Entonces tarareó unos fragmentos sueltos de dos o tres fruslerías de películas del año pasado. Podía hacer dos cosas: como músico, sacudirle un bofetón; como hombre, llevármela debajo de un pino y hacer con ella lo que me diera la gana.

-Por curiosidad, ¿qué fue lo que hizo? –preguntó Solly.

-La curiosidad mató al gato –sentenció Hector, un poco cohibido por el giro que había dado la conversación…”

Hay pequeñas historias dentro de la narración de una exquisitez propia de los autores con mayúsculas, como el incidente de la subasta de libros, la aparición de una caja con volúmenes cuya existencia nadie parecía conocer y la sorpresa de su desenlace. Y, en fin, una multitud de destellos narrativos deslumbrantes. Una novela que sin sobresaltos, sin crímenes, sin giros copernicanos, se desliza suavemente para hacernos saborear pura literatura narrativa.

Sergio Barce, abril 2011

Robertson Davies nació en Thomasville, Ontario, en 1913, y murió en 1995. Es considerado uno de los más importantes autores canadienses. Entre sus novelas destacan “La trilogía Salterton” (The Salterton trilogy) conformada por “A merced de la tempestad” (Tempest-Tost, 1951), “Leaven of malice” (1954) y “A mixture of frailtures” (1958), así como “La trilogía de Deptford” (The Deptford trilogy) formada por las novelas “El quinto en discordia” (Fifth business, 1970), “Mantícora” (The Manticore, 1972) y “El mundo de los prodigios” (World of wonders, 1975), o “La trilogía de Cornish”.

Los fragmentos de la novela “A merced de la tempestad” los he tomado de la edición de Libros del Asteroide, con traducción de Concha Cardeñoso.

 

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