Escrito en 1971, esta crónica novelada de la familia Bonanno, supuso un punto de inflexión en las historias escritas acerca de la Mafia italoamericana. Después de este libro, llegaría “El padrino” (The Godfather, 1972), y, aunque inspirado en el libro de Puzo, algunas de las escenas que se describen no pueden impedir que pensemos en la película de Coppola. Se dice, incluso, que es el libro que ha inspirado a la mejor serie de televisión de la historia: “Los Soprano” (The Sopranos, 1999-2007). En cualquier caso, estamos ante un texto extraordinariamente documentado sobre la vida de esta familia vinculada a la Mafia, donde se nos describe de manera pormenorizada todas las actividades tanto de Joseph “Joe Bananas” Bonanno como de su hijo, y heredero, Salvatore “Bill” Bonanno.
“Una mañana de diciembre, mientras gateaba por el comedor, el hijo de dos años de Bill Bonanno, Joseph, metió la mano en el espacio que había entre el mueble donde se guardaba la vajilla y la pared y apretó el gatillo de un rifle que habían dejado apoyado allí. El disparo del rifle abrió un hueco en el techo y penetró en el piso superior, no lejos de donde estaba dormido Magliocco. El gordo saltó enseguida de la cama, gritando, y Rosalie, que estaba dándole de comer a su recién nacido en otra parte de la casa, comenzó a dar alaridos. De repente toda la casa comenzó a vibrar con el ajetreo de cuerpos humanos que corrían en pánico, buscando y gritando, hasta que descubrieron al niño abajo, entado en la alfombra con su pijama rojo, aturdido pero a salvo, con un rifle humeante a los pies. Dos semanas después, Joe Magliocco murió de un ataque cardíaco.”
El autor, Gay Talese, uno de los inspiradores del Nuevo Periodismo americano, cuenta en el Epílogo el origen de este libro:
“Este libro surgió del bochorno que sentía mi padre (nacido en Italia) ante el hecho de que los gánsteres con apellido italiano dominaran invariablemente los titulares y la mayor parte de los programas de televisión que trataban sobre el crimen organizado. Mi padre, un altivo y consumado sastre que emigró de Italia en 1920 y se instaló y prosperó en la isla turística de Ocean City, Nueva Jersey –donde nací yo, durante el invierno de 1932-, siempre me animó a sentirme orgulloso de mi herencia étnica, una herencia que él identificaba con nombres como Miguel Ángel y Dante, Medici y Galileo, Verdi y Caruso. Pero, mientras yo crecía en la década de 1940, los nombres italianos que veía con más frecuencia en las primeras páginas de los diarios eran los de conocidos líderes de la Mafia: Charles <Lucky> Luciano y Al Capone; Vito Genovese, Carlo Gambino, Frank Costello, Thomas <Tres Dedos Brown> Lucchese y Joseph <Joe Bananas> Bonanno…”

El libro está muy bien escrito, es narrativa periodística, pero también narrativa novelada, y algo de narrativa cinematográfica. Mantiene el interés en todo momento, y, aunque se hace algo tedioso en la transcripción exacta de todos los interrogatorios efectuados en el juicio, se trata de una obra curiosa, una visión de la mafia desde dentro que, además, nos descubre aspectos desconocidos de ese mundo. Lo que más me ha impactado es, quizá, que esta gente carecía de vida, en el sentido de que, la mayor parte del tiempo, por una u otra razón, tenían que desparecer durante largas temporadas, lejos de los suyos, para evitar ser eliminados o para eludir a la justicia. Y realmente no sé si, al final, ese sacrificio les compensaba.
“Así que comenzó a caminar tranquilamente desde su habitación en la parte posterior del inmenso motel hasta el frente del lugar y se detuvo cerca de la recepción del motel sobre la calle. Su amigo lo acompañaba y los dos conversaron durante unos minutos bajo el sol. Luego, Bill vio una barbería cerca y decidió que no le vendría mal un pequeño corte, de manera que entró, seguido de su amigo. En la barbería había tres sillas y, como no estaba llena, un barbero de pelo blanco le sonrió y dijo:
-Usted es el siguiente.
Bill no reconoció a nadie en el local. Tomó una revista y se sentó en la silla. Su amigo se sentó cerca de la puerta.
-¿Está de visita? –preguntó el barbero con tono alegre, mientras le ponía una sábana sobre los hombros.
Bill asintió con la cabeza.
-¿Y planea quedarse mucho tiempo?
-Sí. Si me gusta el lugar, me gustaría quedarme –dijo Bill.
Una manicurista se le acercó, pero Bill negó con la cabeza y siguió hojeando la revista, al tiempo que levantaba cada tanto los ojos para mirar el inmenso espejo que reflejaba la calle. Bill vio llegar un auto, luego otro y luego una patrulla de policía. Después llegaron otros dos coches de policía y también vehículos de la prensa con fotógrafos.
-Miren, ¿qué es toda esa conmoción allá afuera? –preguntó uno de los barberos.
El barbero que atendía a Bill se volteó hacia la ventana y silbó bajito, mientras continuaba moviendo las tijeras sobre la cabeza de Bill. Bonanno no dijo nada. Luego vio a un agente local del FBI que conocía de antes, Kermit Johnson, dirigiéndose hacia la barbería, seguido de otros hombres. Bill se obligó a sonreír y saludó desde lejos:
-Hola, Kermit.
Kermit Johnson pareció incomodarse un poco con la muestra de familiaridad, pero luego se relajó y contestó:
-Hola, Bill, ¿cómo estás?
Johnson se puso torpemente de pie frente a la silla y el barbero, al verlo, le dijo:
-No me demoro, señor. Usted es el siguiente.
Johnson miró directamente a Bill y le preguntó:
-¿Sabes por qué estoy aquí?
-Sí, lo sé –dijo Bill-. ¿Puedo terminar de cortarme el pelo? ¿O vas a armar un alboroto?
-No, no voy a armar un alboroto –dijo Johnson-. ¿Estás armado?
Bill contestó con un tono de inocencia fingida:
-Kermit, no seas tonto.
El barbero empezaba a ponerse nervioso.
-Discúlpeme –interrumpió finalmente el barbero, al tiempo que señalaba el corrillo de policías y fotógrafos que esperaban en la acera-, ¿qué están haciendo todos esos caballeros ahí afuera?
-Esos <caballeros> -dijo Bill- me están esperando a mí.
El barbero no dijo nada por un momento, mientras asimilaba lo que acababa de oír; luego le comenzaron a temblar las manos y apenas podía sostener las tijeras.”

Como también es curioso que la realidad de sus vidas, nada tuviera que ver con la creada por la imaginería popular.
“Cuando el ciudadano norteamericano común pensaba en la Mafia, por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que valían millones de dólares…
(…) ..el típico mafioso tendía a volverse egocéntrico y obsesivo, a vivir pendiente de minucias que magnificaba, a reaccionar de manera desproporcionada ante cualquier ruido, dándole demasiadas vueltas a todo lo que se decía y hacía a su alrededor, perdiendo la perspectiva del mundo…
(…) Y el mafioso típico respondía a esa imagen, se la creía, prefería creérsela porque ella lo hacía ver más grande de lo que era en realidad, más poderoso, más romántico, más respetado y más temido.
(…) …y los productores de cine cada vez que podían venderles ese mito a un público que invariablemente quería que sus personajes fueran más imponentes que en la vida real: pequeños Césares que hablaban duro y gastaban mucho.

Bill Bonanno se sentía tan influenciado por ese mito como cualquier otro y con frecuencia decidía vivir esa mentira.
(…) Así, no era difícil entender por qué Frank Costello mantuvo relaciones con los líderes de Wall Street y poderosos comerciantes, con quienes tomaba diariamente su sauna en el Biltmore, o por qué Lucky Luciano había sido un respetado residente del Waldorf, o por qué un enemigo tan encarnizado de la Mafia como Benito Mussolini había otorgado el título de <commendatore> a un fugitivo de los Estados Unidos, Vito Genovese, después de que éste hiciera generosas contribuciones a proyectos de construcción municipales cerca de Nápoles.
Sin embargo, había sin duda otro veteranos de la Mafia que habían sido presentados en la prensa como millonarios pero que eran relativamente pobres…”














